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martes, 26 de abril de 2011

Capítulo 8


Llegó el fin de semana y la Dirección de la Residencia les dio permiso para volver a casa con sus padres. Enrique y Pablo, en lugar de dirigirse a la parada de guaguas, que los llevara a sus casas, decidieron darse una vuelta por el puerto.
Pablo dijo: ¡Vamos a ver a los pescadores! ¿Te gusta pescar, Enrique?
– Me parece lo más aburrido del mundo, pero el mar si me gusta. Me pasaría todo el día en la playa.– Enrique recordaba los veranos que no hace mucho pasaba con sus padres en la playa del pueblo antes de que las cosas se torcieran de aquella manera.
Se sentaron en el muro del muelle. Era una bonita tarde. El sol rasante, que iluminaba lateralmente las barquillas amarradas a las grandes boyas rojas, daba a la escena un aire de verano, que pronto llegaría. Los pescadores charlaban cadenciosamente. Entre largos silencios iban comentando lo flojo que estaba últimamente el equipo de la ciudad. El cigarrillo medio apagado de uno le colgaba de la comisura izquierda. La mirada fija en el agua. El dedo índice de la mano derecha sujetando la tanza de la caña para sentir el posible tirón de algún pez, que se demoraba ya demasiado.
–¡Chacho, ya perdimos la guagua! – se alarmó Pablo, levantándose rápidamente y tirando de la pesada mochila.
– ¿A dónde vas? Ya no la cogemos ni aunque le robemos la moto a estos tíos. ¿Qué te parece si nos damos una vueltita por el puerto a ver que hay? Siempre me han gustado esos barcos pesqueros, con esos colores tan fuertes, tan cantosos. – Enrique estaba olvidando, consciente o inconscientemente, que caía la tarde y pronto no tendrían servicio público de transporte.
            Fueron caminando por el borde del muelle, mientras tanto iban viendo las labores de los pescadores que estaban recogiendo los aparejos y preparándolos para la partida del día siguiente. Algunos iban abandonando los barcos para dormir en tierra después de comer y beber en las tabernas de la ciudad. No pocos volverían al barco por la mañana, después de pasarse una noche de juerga en los bares y los prostíbulos que abundaban en la zona portuaria, borrachos, maldiciendo a las chicas que les habían robado lo poco que les quedaba en su cartera tras una noche de desenfreno libidinoso.
            Al pasar junto a un barco de mediano tamaño y de nombre “Carmencita”, los chicos se dieron cuenta de que el último hombre que quedaba en la cubierta apagaba todas las luces, menos una, y salía balbuceando: Con ésta es suficiente para espantar a los ladrones. – ¿Qué tal si hacemos una visita de reconocimiento? – Dijo Pablo.
– ¡Estás loco! Seguro que hay alguien vigilando.– Contestó Enrique.       
– Vamos a comprobarlo. Susurró Pablo mirando a un lado y a otro para ver si había alguien que pudiera escucharles.
Cuando comprobaron que el último hombre del barco se alejaba engullido por las penumbrosas callejuelas de la ciudad, se sentaron en el borde del muelle, volvieron a comprobar que nadie les observaba y procedieron a tirar de los cabos que amarraban la embarcación al noray del puerto. Poco a poco el barco se fue acercando. Como el mar estaba sereno, el barco se desplazaba lenta pero fluidamente hasta la pared del muelle. En la popa y alrededor de todo el casco tenía cubiertas de ruedas de coche amarradas para evitar los golpes de la madera contra el muro. Aún así, al impactar con el muelle se oyó un  golpe sordo que alarmó a los chicos. Un sobresalto les recorrió sus cuerpos. Miraron desesperados a todos lados pero nadie parecía darle importancia a uno de tantos golpes que se producían en el vaivén constante de los barcos en el puerto.
– ¡Joder tío, ten cuidado, nos van a pillar! – le dice Enrique a Pablo. A lo que el otro responde: ¡No seas miedica y acojonado, que no pasa nada!
            Mientras Pablo sostiene la gruesa cuerda con todas sus fuerzas le exige al timorato Enrique que salte a la cubierta, pero como había unos metros de altura no se atrevía. – ¡Anda coño que se me escapa, aprovecha ahora que está cerca!, ¡me cago en la leche, salta ya! Eran unos gritos ahogados, como susurrados, imperativos pero en voz baja, ya me entienden…
Finalmente Enrique hizo acopio de valor y, agarrándose al muro del muelle se fue deslizando hasta dejarse caer sobre la cubierta del barco. Pablo, más temerario, se tiró dando un brinco enorme, que lo llevó a caer sobre unos rollos de cuerdas que estaban allí apiladas, lo que amortiguó su caída. – ¡Estás bien! – se dijeron uno a otro simultáneamente. – Sí, sí. No pasa nada. – dijeron excitados al unísono. Se sacudieron, miraron que tenían sus mochilas, se levantaron y se dispusieron a visitar aquel barco.
Ya era de noche. No veían bien. Sólo les llegaba la mortecina luz de los barcos de al lado. Se tropezaban con muchos bultos que había colocados en distintos sitios de la cubierta. Dieron una vuelta completa por la borda. Comprobaron que no había nadie. La luz que había dejado el último marinero dejaba ver el puesto de mando, con sus botones y su timón. No era una cabina muy grande. Luego se acercaron a la puerta de los camarotes. No estaba cerrada, como cabía esperar. Entraron, encendieron la luz y comprobaron el poco espacio que tenían los marineros para dormir. Los baños eran estrechísimos. Bastante más pequeños que los de sus casas y que los de la residencia.   
– Podríamos pasar la noche aquí. – Dijo Pablo, con una media sonrisa nerviosa.
– ¡Tu estás loco, nos están esperando en casa! ¡Anda, vámonos ya!
–  Ni de coña. Yo me quedo aquí. No hay nadie, podemos pasar la noche y mañana nos vamos. ¡Mira, una caja de cigarros!
– ¡Deja eso, no es tuyo!, ¿qué vas a hacer? – Pero Pablo no le hizo caso. Encendió un cigarrillo y sonrió satisfecho, mientras se le escapaba el humo entre las comisuras. – Disfruta de los placeres de los mayores. – dijo, mientras se atragantaba y tosía como un asmático. – Déjame salir, que me asfixio aquí dentro. Salieron de nuevo a la cubierta atropelladamente. Pablo corrió hasta la borda y poco a poco fue recuperando la respiración normal. Tiró el cigarro al mar y dijo con cierta chulería: Estos brutos fuman cigarros negros muy fuertes. Pero si tuvieran rubios, te diría yo si me fumaba unos cuantos…
La noche era plácida pero empezaba a refrescar. Se sentaron junto a la borda, entre unos cabos enrollados y unas pilas de cajas, de esa manera combatirían un poco el frío. Se taparon con unos impermeables que encontraron por allí.
– Este barco es una mierda, no tiene cañones ni mástiles ni velas enormes como los de Sandokán, Lord Jim o los piratas de “La isla del tesoro”. – dice Enrique.
– Tú que quieres, algo es algo, por lo menos este es de verdad.
En estas disquisiciones estaban cuando comenzó a vencerles el sueño. Entre bostezo y bostezo iban sucumbiendo al sopor y Morfeo comenzaba a acunarlos.
Sin que ellos se dieran cuenta, en varios grupos fueron volviendo los marineros al barco. El capitán venía dando voces y, entre risotadas les contaba a otros dos lo buenas que estaban las putas del puerto. Más de uno subió a bordo con alguna dificultad, debido a la evidente embriaguez que mostraba. Unos y otros, entre abrazos torpes y palabras gruesas iban reptando hasta los camarotes. Poco a poco iban ocupando, como podían, las literas correspondientes. Una mezcla entre sudor, restos de vómitos y pestilentes efluvios etílicos inundaban las estancias donde aquellos infelices dormirían la mona. El capitán ocupaba una estancia separada, pero no mucho mayor ni más confortable que la del resto. En seguida fue presa del sueño como los demás.
Cuando Enrique despierta se revuelve asustado y se pregunta: – ¿Dónde estoy? – Tenía los zapatos y los pantalones mojados, sentía frío y todo se movía. Se quita de encima a Pablo que se había quedado dormido sobre él, se despereza y mira furtivamente a su alrededor. Era ya de día, el barco había zarpado del puerto. Los marineros se afanaban en las tareas propias de a bordo. De un codazo despertó a Pablo. – ¡Chacho, que esto se mueve, ¿A dónde van éstos? ¡Me cago en la leche! ¿Y ahora?
– ¿Cómo, qué, qué? Acierta a decir sobresaltado y desconcertado Pablo.  

sábado, 9 de abril de 2011

Capítulo 7


     El niño se sentó en la mesa y vio a una persona trayéndole la comida. Cuando miró el plato, vio que dentro había una sopa de letras – él las odiaba–. La persona que se la trajo le dijo:

–Hijito mío, como hoy has estado todo el día leyendo me pareció buena idea ponerte esa sopa.
–No hacía falta, ¿pero por qué mejor no pones lo que le has puesto a él?
–¿No te gusta la deliciosa sopa?
–Bueno, me la comeré.
El niño, después de cenar, decidió seguir en su habitación, allí estuvo unas cuantas horas leyendo.

Al dia siguiente se levantó muy animado y desayunó. Después, su amigo Pedro vino a buscarlo para ir a jugar a las colinas:

–Vas a venir a las colinas conmigo.
–Sí, espera, tengo que coger un libro.
– ¿Desde cuándo lees?
– Desde que descubrí la  fantasía, la aventura…
Después entró corriendo, cogió el libro y se fue.
Cuando llegaron, se tumbó debajo de un árbol y empezó a leer. Su amigo, como lo veía tan entretenido, se fue hacia donde estaba  y empezó a leer con él.

lunes, 28 de marzo de 2011

CAPÍTULO 6



     Al entrar vio a su  compañero.  Se llamaba Pablo y era un niño muy educado, él le enseño dónde estaba su cama y le dijo dónde podía poner sus cosas. Enrique se lo agradeció y se puso a colocarlas; vio que había una televisión no muy grande y  pensó: “¿Queeé? ¿A este sitio no han llegado las “teles “de plasma?”,  y se rió él solo. Pablo, al verlo reír, pensó que Enrique era un poquito raro, y es que le habían dicho  que las personas que se reían solas o hablaban solas estaban locas o eran un poco raras. Bueno, volvamos al momento, ¿vale? Enrique, al terminar, se fue al comedor donde le habían dicho que tenían que estar cuando terminara de colocar la maleta para que le enseñaran el colegio y también para decirle las reglas.
Allí le enseñaron todo el colegio y, a pesar de que tenía unas reglas un poquito estrictas, ya le iba empezando a gustar un poquito aquel sitio. Justamente cuando terminaron pasó por allí una alumna.  Él no la miro muy bien pero por lo que pudo ver le pareció muy guapa, aunque no le dio importancia.
Llegó a su cuarto y rápidamente llamó a su mejor amigo:
-Hola, ¿cómo estas?
-Bien, aquí en este cole nuevo.
- ¿Ah sí? Y qué tal ¿te gusta?
-Sí, no está tan mal, ahora mismo  voy a ir a esta biblioteca para ver qué tipos de libros tiene, ya te contaré.
- Vale.
-Pueeees bueno, adiós.
-Sí, adiós.
Al terminar la conversación rápidamente se fue a la biblioteca; al entrar estuvo como media hora para ver qué libro cogía. Era tan grande esa biblioteca que no sabía qué libro coger y al final se decidió y cogió uno de aventuras. Era bastante gordo, pero eso a él no le importaba porque si no terminaba de leérselo, se lo podía llevar a su habitación, tenían permiso para eso.
Eran casi las ocho cuando decidió seguir leyendo en su cuarto. Al entrar vio a Pablo comiendo y Enrique le preguntó que si les daban la comida en su cuarto o tenían que ir a comprarla. Él le dijo que se la traían pero que lo que le traían era una comida que elegían ellos. Enrique tenía muchas ganas de comer, así que llamó para que se la trajeran. A que no sabrías decirme qué le trajeron para cenar…

lunes, 21 de marzo de 2011

Capítulo 5


La voz de su madre le pareció molesta, aunque en condiciones normales le habría resultado maravillosa, en esta solo parecía una alarma de despertador.
Enrique gimió mientras se estiraba y se desprendía del gordo edredón de algodón que su padre, hace ya mucho tiempo, le había fabricado con amor y esmero. Miró el reloj, las once en punto, ¿llevaba durmiendo tanto tiempo?
Intentó levantarse de su mullida cama, y le costaba bastante, pero cuando por fin lo logró, salió corriendo de su habitación para dirigirse al balcón. Cuando llegó allí, le hubiera gustado oler el salitre y ver a la hermosa princesa, pero sobre todo, volver a tener el control en su rumbo, su destino.
Bajó las escaleras lo más rápido que pudo, y cuando estuvo abajo, para su sorpresa, su padre estaba sentado en la mesa, junto a su madre y a tres señores más.
–Enrique, ven aquí, tenemos que hablarte de una cosa…–dijo su madre–
Enrique fue hacia la mesa y se sentó en una de las butacas.
–Cariño, estos señores son de la residencia infantil Sta. Bárbara –dijo su padre.– ¿Cariño? –Le había dicho cariño, eso era muy raro…
–Hola Enrique, venimos para hablarte de que tu colegio ha hecho una inspección en las familias del centro, y después de hablarlo con tus padres, creemos que lo mejor será que vengas con nosotros a Sta. Bárbara. Hay muchos niños como tú, y tenemos una gran biblioteca donde pasar los ratos, y un patio enorme donde jugar al fútbol.–dijo uno de los hombres, el más regordete.–
Enrique negó con la cabeza, ¡No! No podían alejarlo de su familia, ni de su casa, ni de sus amigos…
–Pero…–dijo él.
–Nada de quejas, haz la maleta y vete con el señor Cole, el señor Swan y el señor Pérez.
A Enrique no le quedó otra que ir a su cuarto a preparar la maleta. No, a Sta. Bárbara, esa “residencia”, él la conocía gracias a internet. Era como un internado, un lugar donde se imparten clases, así que tendría que dejar a sus amigos.
Enrique hizo la maleta, mientras lloraba y pensaba que si él fuera como Frank en “la cabalgata del otro hombre lobo” no sería lo mismo.
Bajó despacio hasta el salón, mirando cada cosa, cada detalle, por minúsculo que fuera, recordando lo que no volvería a ver en mucho tiempo. Sta. Bárbara estaba al otro lado del país.
Cuando bajó, la puerta estaba abierta y fuera había un coche esperándolo.
–Adiós cielo.–dijo su madre.
Esta le besó en la mejilla.
–¡No!, no me iré sin tener una explicación.–dijo Enrique.–
–Piensa solo que es lo mejor para ti.
Y entonces el señor Pérez le cogió de la mano y lo metió en el coche. Parecía una de las novelas policiacas que él solía leer junto a su padre en los días de lluvia.
El camino hasta la estación de tren era largo, una hora y media.
El coche no disponía de reproductor de Cd, así que Enrique se puso sus cascos y encendió su mp4.
Cuando llegaron a la estación, estuvo una hora y cuarto esperando en la pequeña e incómoda butaca de metal frio. Y luego tres horas más en el tren.
Una vez en la escuela, Enrique se dirigió a su cuarto, y conoció a su compañero de habitación.

domingo, 20 de marzo de 2011

Capítulo 4


No pudo siquiera comenzar a leer el libro que tenía entre sus manos, a lo lejos escuchó como su madre lo llamaba para almorzar. Al dirigirse a la cocina no puedo evitar volver a sentir esa soledad que invadía su casa día tras día, una soledad que se notaba como uno más de la familia. El dolor por la enfermedad de su padre había roto la unidad familiar de la que se disfrutaba en antaño, ahora no eran más que un recuerdo de algo que fue vivido sin ser disfrutado al máximo ya que se antojaba indestructible, eterno, infinito... Como cuando abres el grifo de la ducha y ves correr el agua como si fuese inagotable, ahora de esa fuente sólo caían pequeñas gotas que no calmaban su sed.
Al llegar a la cocina ya tenía su plato sobre la mesa. Comía solo, como de costumbre desde hacía varios meses. Su padre apenas aparecía por casa y su madre... O lo que quedaba de ella, hacía tiempo que no la veía comer a su lado. Ya no sabía sí comía antes de su llegada del colegio o simplemente había dejado de almorzar y se saciaba con algo que picaba entre horas, y visto el deterioro físico que se acumulaba en su cuerpo, apostaba por este último. Así que comer se había transformado en un acto obligatorio con el que no disfrutaba, pasando por él sin pena ni gloria. Ahí quizás era cuando más echaba en falta la presencia de un hermano. Cuando las cosas iban bien, no había día que no pedía a sus padres un hermanito, y siempre observó en sus caras una sonrisa que intentaban disimular pero que en muchas ocasiones no pudieron esconder. Nunca comprendió que veían de gracioso en algo tan serio como eso, porque sabía que era algo que sólo podían traer ellos sino ya se habría encargado de ese tema hacía mucho tiempo. Aunque cierto es que en un primer momento siempre reían, la respuesta que recibía era la de: “Tranquilo, ya lo estamos buscando”. Pero nunca llegó, así que supuso que no buscaron lo suficiente.
Tras recoger la mesa y el limpiar el mantel de flores, su madre pasó a su lado y volvió a darle el mismo beso que le daba a diario después de comer, un beso programado, vacío, sin sentimientos, pero un beso al fin y al cabo que agradecía... Por lo menos ella mostraba señales de cariño, su padre hacía tiempo que se olvidó de darlas.
Volvió al cuarto, cogió el libro y se sentó sobre su cama dispuesto a continuar con la lectura que tantas veces había sido interrumpida. Pero antes de comenzar a leer, se acercó el libro a su cara y disfrutó del olor a celulosa y tinta, una combinación perfecta con la que disfrutaba cada vez que abría un libro y que tanto le relajaba durante un par de segundos... Cuando volvió a abrir los ojos no pudo evitar soltar un grito. Ante él volvía a estar la hermosa princesa que había visto hacía unas horas, miró a su alrededor y parecía que todo estaba igual que la última vez que había estado allí, como si el tiempo no hubiese pasado, como si lo estuviesen esperando...
–¡Oiga! ¿Me está escuchando?–le preguntó la joven princesa.
–Sí, sí... Disculpe, ¿dónde estamos?
–¿Cómo? Capitán, sí usted no lo sabe...
“¿Capitán? ¿Él? ¿Pero cómo podía ser eso?” Decidió seguir con aquello, aún sin saber muy bien que estaba pasando.
–Gran Princesa, no se preocupe, ha sido un pequeño lapsus, claro que sé donde estamos...
–Me alegra escuchar eso, porque hace varios días que debíamos haber llegado a Tierras Lejanas, mi futuro marido debe estar preocupándose.
–Tranquila, en pocos días llegaremos a Tierras Lejanas sana y salva como le prometí al Rey.
–Sé que llegaré sana y salva, confío en usted, pero comprenda que para una princesa es complicado estar por estos lares durante tantas semanas... Además, estoy agotando mis últimos libros y es mi única forma de ocio aquí.
–¿Libros? ¿Dónde?
–Ahí están, pero Capitán no sabía que...
Dejó de escuchar la voz de la Gran Princesa, su mirada estaba perdida entre tantos libros, de tantos colores diferentes y todos ellos tan atractivos. Cuando se descubrió con un libro entre sus manos no pudo evitar oler sus páginas.... Pero para su sorpresa no solo olía a celulosa y tinta, había algo más.
–¡Salitre!–exclamó al reconocer el olor. Lo más extraño de todo era que sus páginas lo desprendían, era como si estuviesen hechas con agua salada, el olor del mar no las había contaminado, simplemente ese era su olor original.
–Claro Capitán, todos los libros de estos Reinos tienen ese olor. Está usted un poco...
Un estruendo seguido de una fuerte sacudida agitó todo el barco. A lo lejos comenzaron  a escuchar gritos y ambos salieron del camarote para ver que estaba pasando ahí afuera. No podían creer lo que estaban viendo ante ellos, un calamar gigante había emergido de las profundidades del mar y había puesto sus tentáculos sobre la proa del barco.
–Capitán, ¿qué es eso?–gritó la Princesa mientras el miedo se hacia presente en sus ojos.
–Kraken, el calamar gigante de las profundidades– Enrique lo conocía bastante bien. Sabía que era el peor enemigo para cualquier buen capitán y más de una vez había sido testigo de como acababa con alguno de ellos y con toda su tripulación. Pero también sabía de sobra lo que debía hacer para acabar con él. –¡Preparen los cañones!
Toda la tripulación parecía volver a entrar en razón y comenzaron a distribuirse. Cuando iban a empezar con el primer ataque otro fuerte sacudida movió el barco e hizo que el Capitán cayera y se golpeara fuertemente con el suelo...
–¡Enrique, despierta! Mira la hora que es, llevas toda la tarde durmiendo

miércoles, 16 de marzo de 2011

Capítulo 3


       Enrique al escuchar la voz de su madre se levantó con mala gana  se vistió, desayuno y se fue a buscar la guagua. Al llegar a clase saludó a su mejor amigo, Pablo; era alto de pelo pelirrojo, ojos marrones y moreno. Le contó lo que había hecho en el fin de semana ya que solo había hecho una cosa… leer libros. El amigo le dijo que era un fanático de la lectura.
-No paras de leer libros y nunca sales a jugar conmigo y eso me va cansando.
-Eso no es verdad, yo he salido a jugar contigo muchas veces pero es que libro me tiene muy intrigado
-Ya, pero no hay motivos.
-Si te molesto mi forma de actuar, perdóname, no lo hago queriendo
En ese momento se dieron un abrazo y cada uno se sentó en su pupitre, les tocaba matemáticas con Alonso, el profesor más divertido del colegio.
   -Buenos días,  niños.
-Qué te pasa “profe”, ¿estás enfadado con nosotros? -dijo Enrique.
-Enfadado no estoy, triste porque la mayoría de ustedes habéis suspendido el examen y ya sabéis que este examen era muy importante.
-Lo sentimos, es que era la fiesta y no queríamos perdérnosla -dijo Pablo.
-Bueno, de todas maneras estoy triste, espero que me juren que harán bien los próximos exámenes ¿me lo prometéis?
Todos los alumnos gritaron que sí y se fue. Al finalizar las clases, Enrique se fue corriendo a su casa para terminar de leerse su preciado cuento.
Al llegar a su casa comió y subió corriendo las escaleras para terminar el cuento. La madre subía y bajaba las escaleras pero él no se enteraba, estaba muy concentrado.

martes, 1 de marzo de 2011

Capítulo 2


            Sus ojos se hundieron en el sueño sereno y profundo, envuelto por un cielo oscuro agujereado por miles de estrellas que destellaban con fuerza en el firmamento, haciendo brotar una sonrisa en el rostro de Enrique. Era una sensación agradable, como si flotara, eso le gustaba y le hacía olvidar sus problemas, era como estar en un lugar seguro donde cobijarse, un refugio que lo calmaba y lo llenaba de paz.
Enrique se relajaba de tal manera que pronto parecía fluir de su imaginación miles de imágenes, como si escaparan de los libros que lo rodeaban: el árido y ardiente Desierto de Arabia, con sus caravanas interminables de beduinos; el vertiginoso mundo del Himalaya, desafiado por intrépidos escaladores; los fríos y tormentosos mares del Norte o las cálidas aguas tropicales de los mares del Sur, surcado por viejos lobos de mar; ciudades que nunca conoció envueltas en historias dormidas, que parecían despertar de forma inesperada, y en las que él se convertía en un viajero incansable, subido en una góndola veneciana, cruzando el puente Rialto en el Gran Canal; con una pesada armadura medieval cabalgando hacia Tierra Santa o en un galeón español rumbo a América.
Pero, como una pompa de jabón que explota, todo se desvaneció al instante, cuando un ruido  estridente  y chillón, que parecía perforarle los oídos, lo despertó. Sudoroso y de mal humor, Enrique se incorporó, tanteó la mesa de noche hasta que dio con el despertador, que no dejaba de sonar, y de un manotazo lo aplastó dejándolo sin vida, mientras se quejaba de aquel suceso tan inoportuno.
Hacía frío y, como siempre, le costó levantarse de la cama a esa hora de la mañana. Desganado y apesadumbrado bajó las sombrías escaleras, como si descendiera a los mismísimos infiernos. La oscuridad del pasillo, antes de llegar a la cocina, resumía su estado de ánimo, triste y apagado.
Como otras veces, volvió a oír los sollozos de su madre, que se lamentaba amargamente del estado de su padre que, como siempre, comenzaba a beber desde las primeras horas del día. Ellos intentaban disimular delante de su hijo, pero Enrique ya lo sabía, había descubierto a su padre, en medio de sus acaloradas discusiones con su madre, llorar como un niño: “¡Y que me importa a mí que nos hayamos quedado sin trabajo si me voy a morir! ¿es que no te das cuenta? ¡me estoy muriendo, Anabel!”, le gritaba a su esposa antes de salir de la casa dando un gran portazo.
A su madre, Anabel, siempre la había recordado como una mujer fuerte y entera, pero desde hacía un año, cuando se enteró de la grave enfermedad que padecía su marido, todo parecía precipitarse y su joven madre envejeció,como si renunciara, también, a vivir. Sus ojos siempre parecían ensangrentados y su piel se había arrugado al encogerse su cuerpo, cada vez más delgado y huesudo, como si se resecara su alma por dentro.
Enrique, acostumbrado a esas escenas, parecía un autómata, iba a la nevera sin decir nada, cogía la leche, luego los cereales de un estante del roperillo, mientras miraba de  reojo a su madre, que no se percataba que su hijo estaba allí. Se sentía verdaderamente invisible, y apenas podía recordar aquel tiempo en que fue el centro de atención de sus padres y recibía todo tipo de atenciones.
Cabizbajo, regresaba, después de darle un beso en la frente a su madre, que aún con las lágrimas en los ojos, parecía ausente y con la mirada perdida. Cuando Enrique volvía a subir las escaleras, parecía un viejo arrastrando un cuerpo pesado y dolorido por  la pena, la tristeza y la impotencia de ver como su familia se iba poco a poco deshaciendo como si ellos fuesen figuritas de arena.
Pero cuando volvió a entrar en su habitación, esa mañana, quedó deslumbrado por la luz que entraba por la ventana y, al intentar cerrarla, su cuerpo osciló, como si el suelo cediera, haciéndolo caer. Sin comprender qué es lo que estaba ocurriendo, se  levantó del suelo y salió apresuradamente de la habitación. Fue entonces cuando lo sorprendió un aire cálido y húmedo, como la brisa del Monzón, y tras bajar las escaleras contempló algo realmente alucinante: la luz lo llenaba todo y ,poco a poco, pudo observar unas islas en forma de altas montañas redondeadas que parecían flotar sobre un mar espeso de tonos verdosos, mientras un cielo plomizo le daba a todo aquello un aire misterioso.
Un ruido, como si fuese el golpear de palos de madera ,lo hizo girar contemplando, de repente, una inmensa vela atravesada por listones de madera paralelos entre sí, “¡Es un gran Junco!”, pensó, mientras la inmensa embarcación surcaba, majestuosa, las aguas del Mar Amarillo o del Mar de la China.
–¡Señol! –oyó decir– la Glan Plincesa desea hablal con usted.
            Enrique no fue capaz de contestar y siguió al marinero chino, mientras observaba el  lujoso traje de Gran capitán que él mismo llevaba puesto. Cuando levantó la vista, contempló admirado a una hermosa joven que se acercaba hasta él y, tras agarrarlo fuertemente por el chaleco, lo zarandeó a la vez que no dejaba de gritarle: “¡Enrique, Enrique, despiértate, que se te hace tarde para ir al colegio!”.